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    marzo 25, 2025 | 7:40

    Cuando se secó la milpa: el campo mexicano tras la tecnocracia de Salinas

    Publicado el

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    “The machine keeps turning while others get burned.”
    —Rage Against the Machine, “Testify”

    En los años en que el campo mexicano fue abandonado por el Estado, la máquina del mercado siguió girando, pero dejó atrás a quienes por generaciones habían alimentado a la nación. Lo que se vendió como modernización fue, en realidad, una sustitución del alma campesina por el engranaje frío del capital global.

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    Si, ya estoy ruco… nací en 1976, en una familia de agrónomos. Desde entonces hasta la adolescencia tardía la viví entre surcos, árboles frutales y cosechas en el rancho que mi padre trabajaba con esperanza y visión de futuro. Lo que sucedió en esos años (90s) marcó no solo mi vida, sino el destino del campo mexicano. (Le recomiendo que se lea con música de esos tiempos, pero buena música de los siguientes grupos: Pearl Jam, Nirvana, Soundgarden, Alice in Chains, Stone Temple Pilots, Radiohead, Live, Bush) Fue la época en que Banrural fue desmantelado, y la cartera agrícola pasó a la banca privada. Aquello, aunque pocos lo sabían entonces, fue una estocada mortal a los proyectos rurales de corto, mediano y largo plazo; si, hay que saldrá y me refutará con el clásico: ¡ERA NECESARIO PORQUE LA CORRUPCIÓN…!, si, si, estoy de acuerdo que siempre ha habido esos pequeños detallitos derivados a las oportunidades que se presentan pueden corromper, o como diría el famoso dicho; la oportunidad hace al ladrón… Pero, no poner remedio socialmente hablando fue peor, indiscutiblemente.

    Sin acceso a financiamiento, muchos sueños se secaron: no más créditos para sembrar, para instalar huertas, para tecnificar la parcela. —como la introducción de frutales, el mejoramiento genético del hato ganadero o la mecanización del cultivo, la introducción de técnicas para el mejor aprovechamiento del agua del subsuelo o del cielo o del medio ambiente) — quedaron truncos o ni siquiera se iniciaron. La banca privada, que heredó la cartera de Banrural, operaba con criterios mercantilistas y ajenos a la lógica del campo: exigía garantías imposibles, plazos inflexibles y tasas que no consideraban la estacionalidad agrícola ni los riesgos climáticos. El crédito dejó de ser herramienta de desarrollo y se convirtió en un privilegio reservado para unos pocos.

    Aquello no solo afectó la productividad rural, sino que hirió de muerte la esperanza de generaciones enteras. El campesino, acostumbrado a pensar en ciclos, en estaciones, en rendimientos a largo plazo, tuvo que enfrentar la urgencia del día a día. Se impuso la lógica del “sobrevivir”, en vez de la de “sembrar para prosperar” y pues ¿que podemos esperar de ello?, si me lector; migración de su lugar de trabajo, de origen, donde tiene raíces y arraigo y no a Estados Unidos que por cierto quienes se fueron, mantienen entidades federativas completas con las remesas, pero ese, ese es otro pollito que nos echaremos mas adelante.

    Lo que vino después fue el auge de la industria que si bien su mano de obra nos llena de orgullo, al menos a mi si, no puedo dejar de decir que fue bien planeada, para no decir orquestada. Como recordará era muy atractivo, porque, como hasta la fecha, ofrece empleo inmediato y regular en las ciudades industrializadas y al principio solo en las fronterizas. Así comenzó una migración silenciosa pero masiva: del campo a la fábrica, del surco al ensamble, de la vida simple a la carrera contra el reloj, del cielo al techo, de la libertad a la casita de interés social, de la comodidad al hacinamiento con su misma familia, vecinos y social.

    El campo siendo un eje principal económico como estorbo del modelo neoliberal

    Carlos Salinas de Gortari impulsó un modelo que apostaba por industrializar el país y abrirlo al comercio internacional. En ese modelo, el campo era visto como un rezago y pues quienes lo sufrimos lo percibimos como un lastre para el gobierno en turno y sus proyectos de progreso capitalista. Banrural, Conasupo y Liconsa fueron reducidos o eliminados, y con ellos se evaporó el andamiaje que sostenía la economía rural. El mensaje fue claro: el campo debía integrarse a las reglas del mercado o desaparecer.

    La reforma al Artículo 27 constitucional en 1992 permitió la venta de tierras ejidales. Se vendió como una modernización, pero en la práctica provocó despojo, concentración de tierras y abandono de parcelas. El campo dejó de ser viable para los pequeños productores.

    Dichas decisiones hoy las percibo como una ocurrencia que puede compararse con las formuladas en “Nosotros los nobles” como solución a los problemas de un país del que no se conocía absolutamente nada, en cambio lo que si era necesaria era la industrialización pero del campo, ahí si seríamos no solo necesarios en materia alimentaria, y mas por nuestra riqueza de ecosistemas y climas, sino que el país seguramente estaría en mejores condiciones sociales y económicas, sin temor a pecar de iluso.

    Del arado a la banqueta

    Lo que siguió fue una fractura social silenciosa. Las personas del campo, acostumbradas a la tranquilidad, al orden de la naturaleza y a la inocencia de lo esencial, fueron lanzadas al torbellino de la globalización y no me refiero solo a la globalización económica, sino a la globalización de las ideas, de las modas, del consumismo como cultura impuesta. Se sembró en las mentes rurales una necesidad artificial de “tener” y “parecer”, de vivir como los empresarios citadinos y su estilo de vida, como las personas de ciudad en general, como las figuras de éxito que aparecen en pantallas, revistas o ahora las redes sociales.

    El auge de la cultura del narcotráfico trajo además una visión distorsionada del éxito, que aunque no atrajo directamente a la mayoría, sí impuso una narrativa de riqueza, poder y prestigio fastrack, y bueno si puedo decir que los corridos elevó esas historias a la admiración y el respeto de la gente por lo que la mayoría sin delinquir, adoptaron el estilo de vida, las aspiraciones, el lenguaje y la estética de ese universo.

    Una tristeza que no se mide en pesos

    Hoy, décadas después, (puede poner a R.E.M. con el intro de la canción de Everybody Hurts, ya que muy seguramente me hizo caso y empezó a poner una lista de grupos que le pase con anterioridad y pues ese intro queda perfecto para lo que va a leer a continuación) veo con claridad lo que se rompió. No fue solo la economía del campo, fue la autoestima de la gente, la identidad rural, la tranquilidad del alma. Vivimos con frustración al compararnos con un ideal artificial de vidas perfectas, viajes imposibles y lujos inalcanzables no solo para el mexicano promedio, sino para la mayoría de la humanidad.

    Tres décadas después del viraje neoliberal que transformó al campo mexicano, el panorama rural actual muestra una contradicción profunda: los que sobrevivieron no son quienes alimentan al país, sino quienes se alinearon al mercado global.

    Hoy, el campo que “funciona” es el campo de la exportación. Los empresarios del campo como nogaleros, los aguacateros, los productores de berries, los grandes ganaderos, y quienes cultivan para el extranjero —no para el consumo nacional— han encontrado formas de prosperar, muy respetables y si, admirables desde mi punto de vista pero al final, sin el sentido de urgencia que tiene la humanidad en cuanto a la necesidad alimentaria que ya padecemos.

    Dichos empresarios son sectores con acceso a tecnología, capital privado y, sobre todo, conexiones con los mercados internacionales. En algunos casos sus productos se cotizan en dólares, y su rentabilidad depende más del precio en Chicago o en Nueva York que de las necesidades del pueblo mexicano.

    Y aunque generan empleo y divisas, no están construyendo soberanía alimentaria. No están sembrando maíz blanco, frijol, arroz, trigo. No están cultivando lo que llevamos al plato.  El pequeño productor que antes abastecía los mercados locales, los ejidos que cultivaban maíz para tortillarías de barrio, los sistemas de milpa, huerto y traspatio que alimentaban comunidades completas, han desaparecido o sobreviven apenas.

    México importa hoy más maíz del que produce, y no cualquier maíz, sino transgénico para consumo industrial y animal, desplazando variedades nativas y atentando contra el legado genético milenario que nos dio identidad al plato.

    Esta situación compromete la soberanía nacional. Un país que no puede alimentar a su pueblo con lo que su propia tierra produce es un país vulnerable. Depende de los vaivenes del comercio global, de decisiones extranjeras, de mercados volátiles.

    Y lo más grave: depende de que el pueblo tenga dinero para comprar lo que antes producía.

    Lo que nos sostiene como nación no son las exportaciones de nuez o carne de res prime, sino el acceso justo y constante al maíz, al frijol, al arroz y a la tortilla. Alimentos que no solo nutren el cuerpo, sino la cultura, la identidad, el alma del pueblo.

    Volver a mirar al campo con visión de autosuficiencia no es un capricho ideológico. Es una necesidad estratégica, moral y patriótica.

    Puedo decir que entiendo —y en cierta medida comparto— el proyecto de las izquierdas en LATAM. La 4T, con todos sus matices, para bien o para mal, ha logrado interpretar parte de ese dolor acumulado y creo que la clase empresarial, en lugar de despreciarlo, debería comprenderlo; porque muchos de los males sociales actuales no se explican por la economía, sino por el abandono emocional, simbólico y cultural del campo y su gente.

    Modernizar no debería ser sinónimo de arrasar con lo que nos dio origen.

    Quienes pretenden construir el porvenir sobre ruinas simbólicas olvidan que toda nación, como todo hombre, necesita primero conocer sus cimientos.

    El campo mexicano no era solo tierra sembrada, sino la piedra angular de un pacto social, el crisol de valores, trabajo y dignidad. Renunciar a él fue como arrancar la raíz al árbol esperando que floreciera.

    Y sin raíz, no hay rumbo. Y sin rumbo, solo queda errar en la oscuridad. Porque la milpa no solo da maíz. Da identidad, da raíz. Y sin raíz, la patria se seca.

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    Alfonso Becerra Allen

    Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.

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